jueves, 30 de junio de 2016

La Perrita Dálmata


Un jueves de julio. Tarde lluviosa aunque sin frío.
Esa tarde hube de pasar por la peatonal Sarandí y como de costumbre, cada vez allí me encuentro, hago una parada nostálgica junto  a la Fuente y la Palma.
Palma, que estoicamente soporta dìa con dìa el azote del pampero que se cuela desde la escollera de Sarandí para volcarse en una suerte de orgía de torbellinos en la plaza Independencia, rebotando entre el Palacio Salvo, el edificio Ciudadela, y colarse en las arcadas de las pasivas de las veredas.
La Fuente, abrevadero de palomas y mendigos, con su constante fluir de agua cristalina, es confidente de las penas de los desamparados, artistas callejeros y melancólicos.
La Palma y la Fuente… Protagonistas de una puesta en escena que a diario se ensayaba frente a mi ventana, en el apartamento del edificio Ciudadela, emplazado en el ángulo posterior externo del basamento de la torre. Apartamento que supo albergarme en el momento mas difícil de mi vida.
En una suerte de desfile de caras sin rostros pero con historias no muy buenas, muchos caminantes se entrecruzan sin verse, balbucean sin hablar, exhortos en sus vidas sin vivirlas, cambiando de direcciones para llegar a ningún lugar.
Vorágine de de apuros mediados por los bancos y negocios durante el día; lugar de eclosión de un submundo dormido que despierta en la noche.
Lugar al que aprendí a conocer y al que me integré como una cara mas, como un alma errante mas de una fauna autóctona bohemia, mendiga, promiscua e intelectual. Polifacética y abierta a las desdichas y placeres mundanos y sencillos, pero respetando una especie de estética difícil de describir.
Y  culminé siendo uno mas que abrevaba en la mágica Fuente de la peatonal.   
A diario aparecía en la Fuente un personaje muy particular. Por todos conocido y querido. Con su presencia algo sucedía a los comerciantes, los peatones, vecinos y yo  mismo. Por algún mágico sortilegio, un estado de alegría nos invadía a todos y al menos unos instantes la gente se detenía junto  a la fuente para compartir un momento especial.
El personaje era una perrita cruza de Dalmata que llegaba moviendo su cola y rebozando alegría y bienestar, despilfarrando sensaciones de algarabía. De atrás la seguía su dueño. Otro personaje de la “fauna” de la peatonal. Nunca supe se era un vecino normal o si cargaba con alguna “desventaja” frente a los demás.
Al llegar a la Fuente, la perrita, ansiosa, se trepaba al borde y esperaba a su dueño. El le arrojaba una piedra al fondo y de inmediato la perra se zambullía y buceaba por toda la fuente bajo el agua hasta que encontraba la piedra, la recogía y salía airosa para entregarla a su dueño y recibir los aplausos sistemáticos de la gente. Ella parecía disfrutar particularmente de ese  momento y se paraba al borde de la fuente como artista callejero que saluda a su público. Culminaba su actuación con un par de ladridos y una sacudida.
Parece una tontería pero esa perra lograba atraer a transeúntes, turistas y vecinos logrando verdaderas aglomeraciones que clamaban por repetir el acto para fotografiarla y llevar un recuerdo diferente junto con una sonrisa dibujada en sus rostros.
Se transformó en parte del paisaje de la peatonal Sarandi y Alzáibar.
La perrita construyó una sonrisa también en  mi cara, cada mediodía al asomarme por mi ventana y esperar su llegada.
Me enseñó sin saberlo, a disfrutar de las cosas simples, a volver a reír  y a buscar cosas sencillas cuando nada sabía de recuperar las cosas perdidas.
La Peatonal, la Fuente, la Palma, la Palomas, sus moradores folklóricos y la Perrita Dálmata. Piezas armonizadas de un cuadro mágico que generaba  catarsis, como un polo catalizador de vivencias nobles y modestas, de sentires puros y honestos, de bienestar y paz.
Lugar de aprendizaje de laqs miserias humanas que se exponen cual museo al natural y de las propias miserias. Todos conformamos ingredientes de un cóctel  vivencial casi místico.
Un día me tocó partir. La vida siguió y otros rumbos tomé, como debía ser.
La Luna llena de enero me despidió desplegando su espléndida silueta sobre el mirador del edificio Pablo Ferrando. La cúpula de la torre del Palacio Salvo parecía inclinarse en un saludo y desarme suerte.
Mojé mis manos en la Fuente y toqué el tronco de la Palma. Dejando atrás el hall del edificio, crucé la Puerta de la Ciudadela cual portal hacia un universo nuevo.
Llegué éste día y me detuve ante la Fuente que seguía fluyendo su agua cristalina como siempre, la Palma seguía en pie. Me detuve en uno de los bancos cercanos. De pronto alcé la vista y encontré al hombre. Vi al dueño de la Perrita Dálmata.
Estaba solo. Me incorporé de un salto y acercándome a él le pregunté por la perra …
…. Un cebo envenenado puesto en el borde de la Fuente hizo su trabajo con precisión y eficiencia…
“Alguien” … seguramente No un Indigente… seguraqmente No una de las almas sin sonrisa … seguramente No los comerciantes de la esquina… seguramente no los niños que la esperaban a la salida de  la escuela para jugar con ella … seguramente No los turistas que encontraban la anécdota original de un País amigable … seguramente No las personas que compartieron una forma de vida sin objetivos, sin maldades, sin mezquindades, sin ambiciones solo disfrutando sin preguntarse por qué, rescatando una piedra del fondo del agua y compartir con un par de ladridos y una sacudida una gran cantidad de risas y por qué no.. de amor y paz…
“Alguien” en pos de “una Noble causa de preservación de la salubridad y el orden público” hizo su movida.
“Alguien” portador de la Carencia mas atroz que puede tener un humano, apagó La Luz de la Fuente Mágica.
A “Alguien” le digo entonces:
-          Gracias por quitar a la compañera entrañable de un hombre simple y compaéra instantánea de los niños y toda ñpersona que la hubiera visto.
-          Gracias por quitar a los pobres de espíritu el único contacto con la simpleza y bondad de no tener intención y solo vivir disfrutando de un juego inocente.
-          Gracias por quitar de ese paisaje ciudadano su principal figura.
-          Gracias por apagar su luz y con ello perpetuarla en el recuerdo del colectivo
-          Gracias por hacer que me detenga a escribir estas líneas en su homenaje. A ese ser simple y modesto, cuyo Valor absoluto “Alguien” jamás lo habrá de alcanzar.
-          Gracias Querida Perrita Dalmata; Gracias por haber vivido un tiempo y espacio que se cruzó con el mío.

        

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