Un jueves de julio. Tarde lluviosa aunque sin frío.
Esa tarde hube de pasar por la peatonal Sarandí y como de
costumbre, cada vez allí me encuentro, hago una parada nostálgica junto a la Fuente y la Palma.
Palma, que estoicamente soporta dìa con dìa el azote del
pampero que se cuela desde la escollera de Sarandí para volcarse en una suerte
de orgía de torbellinos en la plaza Independencia, rebotando entre el Palacio
Salvo, el edificio Ciudadela, y colarse en las arcadas de las pasivas de las
veredas.
La Fuente, abrevadero de palomas y mendigos, con su
constante fluir de agua cristalina, es confidente de las penas de los
desamparados, artistas callejeros y melancólicos.
La Palma y la Fuente… Protagonistas de una puesta en escena
que a diario se ensayaba frente a mi ventana, en el apartamento del edificio
Ciudadela, emplazado en el ángulo posterior externo del basamento de la torre. Apartamento
que supo albergarme en el momento mas difícil de mi vida.
En una suerte de desfile de caras sin rostros pero con
historias no muy buenas, muchos caminantes se entrecruzan sin verse, balbucean
sin hablar, exhortos en sus vidas sin vivirlas, cambiando de direcciones para
llegar a ningún lugar.
Vorágine de de apuros mediados por los bancos y negocios
durante el día; lugar de eclosión de un submundo dormido que despierta en la noche.
Lugar al que aprendí a conocer y al que me integré como una
cara mas, como un alma errante mas de una fauna autóctona bohemia, mendiga,
promiscua e intelectual. Polifacética y abierta a las desdichas y placeres
mundanos y sencillos, pero respetando una especie de estética difícil de
describir.
Y culminé siendo uno
mas que abrevaba en la mágica Fuente de la peatonal.
A diario aparecía en la Fuente un personaje muy particular. Por
todos conocido y querido. Con su presencia algo sucedía a los comerciantes, los
peatones, vecinos y yo mismo. Por algún
mágico sortilegio, un estado de alegría nos invadía a todos y al menos unos
instantes la gente se detenía junto a la
fuente para compartir un momento especial.
El personaje era una perrita cruza de Dalmata que llegaba
moviendo su cola y rebozando alegría y bienestar, despilfarrando sensaciones de
algarabía. De atrás la seguía su dueño. Otro personaje de la “fauna” de la
peatonal. Nunca supe se era un vecino normal o si cargaba con alguna “desventaja”
frente a los demás.
Al llegar a la Fuente, la perrita, ansiosa, se trepaba al
borde y esperaba a su dueño. El le arrojaba una piedra al fondo y de inmediato
la perra se zambullía y buceaba por toda la fuente bajo el agua hasta que encontraba
la piedra, la recogía y salía airosa para entregarla a su dueño y recibir los
aplausos sistemáticos de la gente. Ella parecía disfrutar particularmente de
ese momento y se paraba al borde de la
fuente como artista callejero que saluda a su público. Culminaba su actuación con
un par de ladridos y una sacudida.
Parece una tontería pero esa perra lograba atraer a
transeúntes, turistas y vecinos logrando verdaderas aglomeraciones que clamaban
por repetir el acto para fotografiarla y llevar un recuerdo diferente junto con
una sonrisa dibujada en sus rostros.
Se transformó en parte del paisaje de la peatonal Sarandi y
Alzáibar.
La perrita construyó una sonrisa también en mi cara, cada mediodía al asomarme por mi
ventana y esperar su llegada.
Me enseñó sin saberlo, a disfrutar de las cosas simples, a volver
a reír y a buscar cosas sencillas cuando
nada sabía de recuperar las cosas perdidas.
La Peatonal, la Fuente, la Palma, la Palomas, sus moradores folklóricos
y la Perrita Dálmata. Piezas armonizadas de un cuadro mágico que generaba catarsis, como un polo catalizador de
vivencias nobles y modestas, de sentires puros y honestos, de bienestar y paz.
Lugar de aprendizaje de laqs miserias humanas que se exponen
cual museo al natural y de las propias miserias. Todos conformamos ingredientes
de un cóctel vivencial casi místico.
Un día me tocó partir. La vida siguió y otros rumbos tomé,
como debía ser.
La Luna llena de enero me despidió desplegando su espléndida
silueta sobre el mirador del edificio Pablo Ferrando. La cúpula de la torre del
Palacio Salvo parecía inclinarse en un saludo y desarme suerte.
Mojé mis manos en la Fuente y toqué el tronco de la Palma. Dejando
atrás el hall del edificio, crucé la Puerta de la Ciudadela cual portal hacia
un universo nuevo.
Llegué éste día y me detuve ante la Fuente que seguía
fluyendo su agua cristalina como siempre, la Palma seguía en pie. Me detuve en
uno de los bancos cercanos. De pronto alcé la vista y encontré al hombre. Vi al
dueño de la Perrita Dálmata.
Estaba solo. Me incorporé de un salto y acercándome a él le
pregunté por la perra …
…. Un cebo envenenado puesto en el borde de la Fuente hizo
su trabajo con precisión y eficiencia…
“Alguien” … seguramente No un Indigente… seguraqmente No una
de las almas sin sonrisa … seguramente No los comerciantes de la esquina…
seguramente no los niños que la esperaban a la salida de la escuela para jugar con ella … seguramente
No los turistas que encontraban la anécdota original de un País amigable …
seguramente No las personas que compartieron una forma de vida sin objetivos,
sin maldades, sin mezquindades, sin ambiciones solo disfrutando sin preguntarse
por qué, rescatando una piedra del fondo del agua y compartir con un par de
ladridos y una sacudida una gran cantidad de risas y por qué no.. de amor y paz…
“Alguien” en pos de “una Noble causa de preservación de la
salubridad y el orden público” hizo su movida.
“Alguien” portador de la Carencia mas atroz que puede tener
un humano, apagó La Luz de la Fuente Mágica.
A “Alguien” le digo entonces:
-
Gracias por quitar a la compañera entrañable de
un hombre simple y compaéra instantánea de los niños y toda ñpersona que la
hubiera visto.
-
Gracias por quitar a los pobres de espíritu el
único contacto con la simpleza y bondad de no tener intención y solo vivir
disfrutando de un juego inocente.
-
Gracias por quitar de ese paisaje ciudadano su
principal figura.
-
Gracias por apagar su luz y con ello perpetuarla
en el recuerdo del colectivo
-
Gracias por hacer que me detenga a escribir
estas líneas en su homenaje. A ese ser simple y modesto, cuyo Valor absoluto “Alguien”
jamás lo habrá de alcanzar.
-
Gracias Querida Perrita Dalmata; Gracias por
haber vivido un tiempo y espacio que se cruzó con el mío.
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